Tantas veces, desde 2011, vengo pasando a su margen, dejando al lado el nuevo Parque villaviciosino y no había parado mientes en la hermosa concepción  y en la simbología que quiere representarse en él, siguiendo la idea original del Arquitecto Municipal, Don Daniel Fernández Flores, cuya concepción considero feliz en su plasmación y en la consecución para Villaviciosa de un espacio, que ennoblece y embellece a la Villa.

 

Un espacio de casi una hectárea de terrenos, sustraídos a la especulación y destinados a lugar de ocio público, de actividades varias, de las que siempre se beneficia la comunidad local. El paso siempre en coche te impide disfrutar de unos logros estéticos, de unas  perspectivas de signos y de símbolos ricos en contenido y logros de estética.

 

Para recalar en el Restaurante “El Papéu”, -magnífica su mesa y su oferta gastronómica- hube de aparcar el coche y acercarme al sitio a pie a través del Parque del Pelambre.  En una primera impresión quedé fascinado por aspectos que no se perciben a primera vista: el amplio estanque y las jardineras con  cuidados pomares. Al día siguiente, no me resistí y vine a deleitarme con el descubrimiento de la proyección que el Arquitecto quiso conferir a su obra y, con un bloc de notas en ristre y un bolígrafo fui traspasando mis impresiones al papel, para luego, ya en la calma de mi estudio, pergeñar  ante el ordenador esta visión que quiero trasmitirte, lector muy querido, para que te acerques al lugar, que ha de venir a constituirse en emblemático para Villaviciosa y para las Parroquias del Concejo.

 

A medida que observaba detalles, iba reflexionando que el nombre de “Parque del Pelambre” respondía a su ubicación, que efectivamente refleja el nombre tradicional, que correspondió a un reguero que conducía la corriente desde la fuente de la Ballera, bajando por la calle del Agua, a desembocar en la Ría. Hoy,  todo ello cambiado de fisonomía, por los aportes de terrenos sustraídos a las marismas y a los Porreos. La amplia zona de la expansión de Villaviciosa, que sustituyó a “Les Caleyes”, está dando lugar a la nueva Villaviciosa, con un crecimiento urbanístico, que desplaza el centro

y el casco antiguo, con unos planes arquitectónicos de un logrado empaque, con sus bulevares y avenidas, que nos ofrecen otra Villaviciosa, con sus modernas edificaciones

como la Sede Judicial, el nuevo Cuartel de la Guardía Civil, la nueva Estación de Autobuses, las nuevas instalaciones deportivas, los nuevos ámbitos de ocio.

 

Allí, como un punto de referencia expansivo, entre las calles de Víctor García de la Concha, Alejandro Casona y Ramón Rivero y cerrando, la antigua carretera de Gijón, concibió el Arquitecto Municipal este novedoso espacio cívico, al que, como sitio preferencial de estadía y ocio, denominó “parque”, en el que quiso sintetizar  estas dos ideas: Villaviciosa, está, de tiempos muy lejanos, abierta a la Ría, al Mar Cantábrico, vía de salida para sus productos y de protección frente a los invasores, - romanos primero  o nórdicos, normandos, vikingos, sajones, después-. Es pues la primera idea a resaltar.

 

Pero, sobre todo, Villaviciosa es la cabeza de una comarca, bien delimitada, con sus 41 parroquias en la actualidad, que, cual centro vital de la Puebla de Maliayo, recibió estructuración, desde los tiempos del Rey Sabio, en torno a una Villa, que sustituyó a la vetusta Noega Ucesia –de ahí quizá el “viciosa”- de los tiempos de Estrabón, Mela, Plinio  y Tolomeo. Todas las parroquias tomaron como árboles emblemáticos, el roble y el castaño, el avellano y el nogal, como muy aptos para proveer de sus frutos a las numerosas bocas, que, en cada familia, encontraban su ámbito de crecimiento y de desarrollo de sus potencialidades.

 

Pero sobre todo marcan la idiosincrasia y la personalidad de Villaviciosa, sus pomaradas, sus plantíos de pomares y manzanos, que originan sus lagares y sus chigres, donde la sidra corre espumosa y abundante, cual si fuera la bebida totémica, que curara penas y rezumara alegrías. Ahí radica la segunda genial idea, que le ha servido al Arquitecto, para el diseño y bosquejo inicial de este Parque del Pelambre.

 

A los lados, dos bulevares surcados de manzanos, en las variadas especies del Concejo. En su parte central un gran estanque, que evoca al Cantábrico y la Ría cercana, con el murallón o promontorio  de Rodiles, para protección de intrusos indeseables. El enlosado de esta parte perfila en un color destacado el adentrarse de la Ría hasta el mismo corazón de la Villa. Los escollos y el contrafuerte a su orilla, resultan bien evocadores. A su orilla, como para que los niños vayan empapándose del espíritu de la tierra, un pequeño parque infantil, evocador de juegos y ocio en sus playas.

 

Y lo que yo quiero ver como una intuición genial: trasladar a la villa las cuarenta y un parroquias del Concejo. En los lados largos de ese espacio, sugeridor de las ondulaciones del paisaje de toda la comarca, en sendas jardineras, plantados, un pomar por cada parroquia, con sus nombres bien expresivos de a quién pertenece la titularidad del árbol allí plantado. Un pomar, por cada nombre, como un título de propiedad. Quiero vindicar, al menos, para mis tres parroquias de Lugás, Camoca y Valdebárcena, la propiedad de los frutos de sus tres manzanos. Que cada parroquia mire como el suyo, el pomar que tiene asignado. En mi propuesta, brindaría a la Corporación Municipal

y a ACOSEVI la idea de organizar un día de las Parroquias del Concejo, para, en los años de cosecha, concentrarlas a todas a recoger las manzanas  del pomar cuya propiedad tiene acreditada, según el testimonio escrito que  acompaña al que les es propio. Sería “la fiesta  de las Parroquias del Concejo”, para hacer la recogida de la cosecha de su pomar: un vínculo de unión como lo fue la Virgen del Portal, para la ofrenda del primer mosto.

 

Otro detalle que me emocionó: en el parque hay enhiesto todavía, un tronco de un añoso roble, encontrado en la excavación del túnel bajo la Ría. Échenle años, que se quedarán cortos.  Nada menos  que 6.960 años se hallan  testimoniados por el Carbono 14, según los expertos de Miami, en Florida de Estados Unidos de Norteamérica. Un roble bien copudo dio sombra a los villaviciosinos de hace seis mil novecientos sesenta años en el borde de la Ría. Algún cataclismo geológico lo sepultó en su fango y así, tal cual, perduró entre los lodos, sin fosilizarse. Seguro que tú, villasviciosino de siempre, no has visitado todavía el que habrá sido el “Roblón de la Ría”. Vete a verlo, que no te cobran por disfrutar de su contemplación. Lo tienes en el “Parque del Pelambre” o en el “Parque de las Parroquias del Concejo” y, otra parte, en el Capistrano. Allí entre un plantío de 84 pomares verás esta muestra de un roble que ya era vetusto y añoso hace  6.960 años. Y para muestra de añoso castaño, se podría trasladar el que hay en Valdebárcena, antes de entrar en la desviación para la Iglesia.

 

Descubre, amigo lector, este “Parque del Pelambre” y descúbrete ante las estéticas de su concepción y de su semántica rica en contenidos para nuestra Villaviciosa.