Nos hemos quedado sin primavera. Es algo inaudito para los habitantes de Villaviciosa  y de tantos lugares donde se celebran las procesiones, el ver las calles vacías y en silencio en contraste con el barullo o la solemnidad de tantas décadas atrás. No hay Semana Santa. 

 

Las que andan muy contentas estos días son las mascotas. Lolo, el conejo de mis sobrinos, está todo el tiempo danzando por casa y derrapando por las esquinas, feliz de saberse mimado, acariciado y siendo participe de todo lo que ocurre. Ya no está excluido en su jaula. Ahora somos nosotros lo que estamos apartados de todo tipo de diversión colectiva, y por mucho que nos ofrezcan altruistamente diversiones varias en las redes sociales: ópera, Circo del Sol, conciertos... no es lo mismo.

 

Lolo no sufre los efectos colaterales de esta crisis; a saber, no tocarse, no darse la mano, no acercarse al prójimo aunque sea conocido, no salir confiado a tomar el aire. Lolo es un conejo feliz.

Quizás este verano podamos ir en busca del tiempo perdido y volver a saborear el boroño de Marisa, ese manjar asturiano que junto con los huevos de chocolate, las tartas de Susana y todo tipo de accesorios culinarios suben el ánimo y el colesterol a partes iguales.

 El domingo no hay huevos de Pascua, pero habrá más domingos y más padrinos y madrinas solidarios con esas dulces criaturas llamados ahijados.

 Me pregunto como iremos a Rodiles este verano o si tendremos que ir escalonados al mercadillo.

Y si habrá fiestas de prau, o que pasará cuando seamos más de cincuenta en el Güevu en la cata de la sidra.

 

Volveremos, un poco más distanciados, pero volveremos a tomar sidrina juntos.

Y un buen trozo de boroño, espero.

 

Relato y foto de Pilar Tuero