Fátima, sus piernas competía,

con la velocidad del viento.

 

Fátima, su ondulante figura superaba

las curvas de las olas.

           

Fátima, su negro pelo, ondulado en el aire,

dejaba tras de sí la serenidad de los que saben

ser pacientes, de los que heredaron

el saber de Pueblo Antiguo.

 

Fátima, sus profundos ojos azabache

se abren – como el abrazo del amigo – atrayéndonos

a sus profundidades, tras un largo y escabroso

deambular, obligando a indagar en la

Historia de su PUEBLO.

 

Fátima, sus piernas perdieron velocidad; su negro pelo

adquirió el color de la espuma de las olas; su ondulante

figura se contrajo como si por ella pasaran miles de años, y

sus ojos… abandonaron el brillo, que proponía futuro.

 

Fátima, se muere de pena. Su rostro no irradia cólera, ni ira.

 Sí impotencia, asombro y esperanza.

 

Me sigo aferrando a la Fátima, que compite con el viento

por la playas de Gaza; a la Fátima de ondulada figura,

pelo negro como la noche más noche,

y ojos… de azabache milenario

 

¡Fátima!

 

Autor: Andrés Huerta Suárez

Gijón, a 12 de Agosto de 2014