Me despierta un silencio extraño, como de domingo. Miro por la ventana y me asusta la calma que hay en la calle. Como las supermercados abren a las diez y los perros ya debieron salir, el panorama es desolador, si bien lo sería mucho más si estuviera todo el mundo danzando por ahí.

Cuando empezó el confinamiento pensé que quizás habría un repunte de la natalidad, pero ahora creo que mi ingenuidad fue excesiva. Todo lo contrario, parece que somos demasiados.  Demasiados chinos, demasiados viejitos y demasiado bobos. Creíamos que podíamos seguir así, a lo loco, como si el planeta no tuviera sus propias normas, como si por haber nacido aquí nos correspondiera hacer de nuestra capa un sayo  y no fuera un lugar común donde construir cosas bellas.

 

Los seres humanos somos totalmente incomprensibles, somos capaces de las mayores heroicidades y de las mayores bajezas. No tenemos reparo en quemar parte del Amazonas pero luego aplaudimos emocionados cuando los bomberos rescatan a un gato subido a un árbol. El presidente de México dice a sus queridos conciudadanos que salgan a las fondas a consumir,  debe pensar que el virus va a llegar con el pasaporte en la corona para invadir el Yucatán.

 

Dicen algunos que las crisis sacan lo mejor de nosotros mismos. Estoy de acuerdo de aquella manera, como dicen los gallegos. Como Netflix colapse o no tengamos móviles durante diez horas, ya veremos como salen las bestias negras que todos tenemos ocultas o como somos capaces de empujar a todos los vecinos de edificio para conseguir la última cerveza de la balda.

 

Este es el único planeta habitable, que se sepa: por consiguiente podríamos ser más amables con él y también con nosotros mismos y pensar que quizás este parón, aparte de traer una tremenda catástrofe económica, puede también traer otra manera de mirar alrededor.

 

Eso si, a mi que no me quiten el móvil y la cervecita 

Foto de portada de archivo