“Las últimas flores” – Relato de Tina Villar
Alejandro aceptó sin dudarlo la invitación de su hermano Diego a quedarse a vivir una temporada en su casa con su familia. La casa de dos plantas donde vivían quedaba apenas a diez minutos caminando del hospital donde Alejandro había encontrado trabajo como residente.
Vivir unos meses con ellos, hasta encontrar algo que le conviniese, le pareció una excelente idea. Era su primer trabajo, no tenía demasiado dinero ni tiempo para buscar piso.
Unos días después, coincidiendo con la llegada de la primavera, trajo sus bártulos y se instaló en la habitación que daba al oeste. El espacio era perfecto. La luz que entraba a raudales por la claraboya en el tejado impactaba directamente sobre su escritorio. Situó la cabecera de la cama junto a una ventana que daba a un pequeño balcón desde donde veía cada tarde ponerse el sol detrás de una hilera de álamos.
Alejandro se convirtió en poco tiempo en imprescindible para su hermano. Su manera de agradecer la hospitalidad que recibía era colaborar en todo cuanto podía. Ayudaba a su cuñada Teresa en la cocina y con la compra, barría el patio y siempre estaba dispuesto para hacer de chofer.
Su vida de residente transcurrió sin incidentes los primeros meses. Esto cambió ligeramente con la llegada del verano, que trajo de vuelta a su sobrina Lydia. La joven, que estudiaba en una ciudad vecina, volvió a casa con motivo de las vacaciones estivales.
Apenas la había visto unas cuantas veces desde que era niña. Cuando la vio entrar por la puerta, mochila al hombro, arrastrando una maleta, le costó reconocerla.
¿Eres el tío Alejandro? – preguntó ella
El mismo – respondió él
No te recordaba tan viejo – añadió en tono burlón.
Lydia era la única hija de su hermano Diego. Tenía dieciséis años. Zancuda, desgreñada y con un estilo de vestimenta algo gótico, le recordaba a un personaje de la serie La Familia Adams.
La cena era el momento en que todos coincidían sentados a la mesa. El ambiente era distendido. Solían hablar de temas relacionados con el trabajo, criticaban a la familia política o a los vecinos y atosigaban un poco a Lydia para que tomara una decisión respecto de sus estudios universitarios el siguiente curso lectivo.
Pasado un tiempo la joven expresó que le gustaría estudiar medicina. Todos estuvieron encantados, especialmente Alejandro, que se ofreció voluntario a hacer de tutor y guía. Esto dio pie a que la relación entre tío y sobrina se fuera estrechando.
A finales de octubre, Lydia volvió a casa de nuevo sin avisar. Dijo que quería acompañarles al acto de presentar respeto a los difuntos con motivo de la festividad de Todos los Santos.
Un par de días más tarde los cuatro subieron al coche a primera hora de la mañana. Alejandro conducía, Diego iba sentado a su lado y Teresa y su hija Lydia ocupaban los asientos traseros.
Las calles interiores del cementerio se habían convertido en una sucesión de automóviles que avanzaban despacio entre cipreses, panteones y grupos de personas cargadas con ramos.
Alejandro sintió que algo le rozaba levemente la espalda. Miró por el espejo retrovisor y vio a su sobrina Lydia que le sonrío con gesto divertido. Apartó la mirada convencido de que había sido un movimiento accidental y no le dio importancia.
Esa noche, cuando eran casi las dos de la madrugada, aún estaba despierto leyendo unos informes del hospital. Oyó abrirse la puerta de su habitación. Levantó la cabeza y vio a su sobrina Lydia parada a los pies de su cama.
Por un momento se miraron sin hablar, pero enseguida comprendió la situación.
Vuelve a tu habitación, Lydia – dijo Alejandro. Pero ella no se movió
Solo quería hablar contigo – añadió la joven.
Hablaremos mañana y ponte algo que te vas a enfriar – dijo Alejandro – que volvió su atención a los documentos que leía antes de que le interrumpiera.
Lydia lo miró fijamente con cara de furia y salió dejando la puerta abierta.
Convencido de que se trataba del comportamiento extravagante propio de la adolescencia y su absurda necesidad de atención, lo dejó pasar como una anécdota sin importancia. Pero se equivocaba.
Al día siguiente, cuando bajó a desayunar, su hermano Diego, sentado a la mesa, le miró con rostro desencajado. Al ver a Alejandro se levantó de golpe y lanzó una pregunta que Diego tardó unos segundos en entender.
¿Qué le hiciste anoche a mi hija?
¿Qué? – respondió Alejandro con sorpresa, mientras observaba que Lidia se cubría la cara con las manos.
Alejandro la miró y tartamudeó al decir - Yo no le hice nada.
No me llames mentiroso ni a mí ni a mi hija, ella sabe perfectamente lo que pasó – añadió Diego.
Alejandro intentó explicar lo ocurrido. Quería hablar de la puerta abriéndose, de la conversación, de haberle pedido que volviera a su habitación. Pero algo extraño sucedía.
Cada vez que intentaba hablar, sentía como si una mano invisible le cerrara la garganta y las frases se rompían antes de llegar a convertirse en una explicación coherente.
Lydia, dile la verdad a tu padre, acertó Alejandro a decir finalmente.
La muchacha levantó los ojos y durante un instante sus miradas se encontraron, pero ella no dijo nada.
Diego se acercó a su hermano amenazándole con un puño cerrado y le pidió que abandonara inmediatamente la casa.
Por más que Alejandro intentó explicarse, no encontraba palabras. Quizá porque, en aquel momento, cualquier palabra habría parecido una excusa.
Diego apareció en la puerta de la habitación de Alejandro, que hacía apresuradamente la maleta, miró a su hermano con rabia y le golpeó con fuerza mientras añadía: No quiero volver a verte nunca más.
Desde la ventana de su habitación, Lydia vio a su tío alejarse. Durante un instante sintió que había cometido un error que ya no podía deshacer.
A Lydia le gustaba la literatura romántica. En su imaginación había creado una película donde su tío Alejandro acababa descubriendo que él también estaba enamorado, como ocurría en muchas de las novelas que atestaban las estanterías de su cuarto. No había pensado en el escándalo, ni en la familia, ni en el incesto, ni en Alejandro. En su mente adolescente pensó que la consecuencia lógica de su mentira era que obligarían a su tío a casare con ella.
Pero nada ocurrió como había imaginado. Alejandro simplemente desapareció dejando tras de sí una herida sangrante y un silencio espeso que invadió la casa hasta el último rincón.
Los padres, preocupados por las consecuencias de lo ocurrido, llevaron a su hija, casi a la fuerza, a la consulta del ginecólogo. Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrieron que había mentido.
Se preguntaban en qué habían fallado. Cómo su hija, que ya no era una niña, fue incapaz de prever que había destruido algo que ya no podría volver a reconstruir. La actitud de Lydia les llevo a comprender que al sobreprotegerla y evitarle que conociera el valor del esfuerzo, habían creado un pequeño monstruo que se creía con derecho a todo.
Diego, arrepentido y avergonzado, buscó a su hermano Alejandro.
Mientras tomaban café en la cafetería del hospital, Alejandro le habló con calma del incidente mientras conducía y de la visita de Lydia a su habitación. De su negativa y de cómo su sobrina había abandonado la habitación cargada de ira.
Diego comprendió que se había precipitado al juzgar a su hermano. Todo estaba claro ahora. Mientras conducía de vuelta a casa, ensayaba en su mente la conversación que tendría con su hija.
Mientras intentaba encontrar justificación para el comportamiento de Lydia, tenía claro que debía explicarle la trascendencia de sus actos. Estaba convencido de que Lydia entendería que los errores, incluso los muy graves, como ese, podían llegar a superarse. Que con el tiempo quizá aquella historia se convertiría en un recuerdo doloroso que le habría enseñado que la vida no es un juego.
Cuando llegó a casa, Diego subió directamente a la habitación de su hija. La encontró tendida en la cama, con los auriculares pendiendo de sus oídos, como siempre, y a su lado, abierto por la última página, una novela de príncipes y doncellas.
Lydia, tenemos que hablar - dijo desde la puerta.
No obtuvo respuesta.
Había imaginado reproches, lágrimas, quizá una discusión interminable. Se había preparado para todo menos para aquel silencio.
Se acercó y la sacudió suavemente primero, y con desesperación después, hasta que el libro cayó al suelo y quedó abierto boca abajo sobre la alfombra.
Lydia ya no estaba...
La lámpara de la mesilla seguía encendida y, sobre el escritorio, descansaban unos apuntes de anatomía junto a un vaso de agua medio vacío. Todo parecía en orden. Pero su hija había puesto fin a su vida sin hacer el menor ruido.
Teresa, que llegó poco después, lanzó un grito que se oyó hasta en los confines de la tierra.
En las últimas páginas de la novela en el suelo el príncipe encontraba a la doncella y ambos se alejaban juntos hacia un reino donde no existían ni el rechazo ni el desamor.
Los padres no podían conocer el peso exacto del dolor de su hija ni cuánto había influido en ella el derrumbe de aquella fantasía romántica que había construido en su mente adolescente.
La casa quedó en un silencio que no era el silencio de la vergüenza ni el de las acusaciones. Era un silencio definitivo, lleno de preguntas que nadie podría responder.
Con el paso del tiempo el dolor se fue mitigando y la vida se fue haciendo más soportable para Diego y Teresa, que acudían al cementerio cada primero de noviembre. A veces llevaban crisantemos blancos, otras, pequeños ramos de flores silvestres que Marta escogía en el mercado.
Siempre encontraban un ramo de rosas blancas sin tarjeta.
Ese año, el día de todos los Santos Alejandro se acostó temprano. Antes de apagar la luz, oyó un rumor de pasos al otro lado de la ventana. Luego escuchó tres golpes suaves en el cristal.
Al volver la cabeza vio cómo afuera se iba dibujando una imagen etérea. Tenía el mismo aspecto que Lydia aquel verano en que había regresado a casa con la mochila al hombro, la melena revuelta y una expresión burlona en su rostro aún casi infantil.
La imagen llevaba un vestido negro y sostenía un ramo de rosas blancas.
Alejandro intentó incorporarse, pero su cuerpo no respondió. Solo consiguió pronunciar el nombre y la imagen desapareció.
Se despertó a media noche bañado en un sudor frío. Había tenido la peor de las pesadillas. Soñó que descendía a la cripta de su sobrina. El olor a descomposición y a tierra húmeda impregnaba un aire irrespirable. Su sobrina le cogía de la mano y le pedía que yaciera con ella. Sus miembros no obedecían a su menta, no tenía voluntad. Lydia le abrazaba y le susurraba al oído palaras que no entendía.
Presa del pánico, despertó y se incorporó por un momento para recuperar el aliento. No podía creer lo que veían sus ojos. Sobre la colcha vio esparcidas todas y cada una de las rosas que había depositado sobre la tumba de Lydia esa misma mañana y en el hueco que suele quedar en la almohada cuando alguien ha reposado durante la noche, había una tarjeta donde se leía:
Gracias por tus visitas. A partir de hoy seré yo quien venga a verte. Estas son las últimas flores.
Tina Villar