“El mar” - Relato de Beltrán Rojo Dacasa
Estoy aquí otra vez, como cada año, desde que era muy pequeño, casi un bebé. Me siento, lo miro, es precioso, inmenso, de color gris, azul, plata o verde, siempre diferente. Hoy parece más oscuro, en calma pero a punto de despertar con toda su fuerza. No hay ninguna nube, ni siquiera a lo lejos, en el horizonte; el cielo acompaña al mar totalmente despejado.
El viento está agitado, lo mueve todo, me da en la cara, mi flequillo rubio vuela al ritmo que marca su fuerza. La marea está alta; sus olas de espuma blanca están cerca de mis pies. No dejo que me mojen: hace frío, es abril, y aquí, en Asturias, eso significa baja temperatura y mucha humedad. ¿A cuántos grados estará el agua? ¿A 10 grados, 12 tal vez? Fría, muy fría, como para dejar que su espuma brillante, que me acecha en cada ola, llegue a tocarme.
A la derecha, el acantilado es muy alto. Las rocas son inmensas; el agua las golpea y se mete por todos los huecos posibles, los que se ven a simple vista y los que no, pero que sabes que están porque el agua desaparece y, al poco, vuelve en un hilo, como un mini río. Me da miedo pensar en subir hasta arriba, como hace algún turista loco por sacarse una foto con este inmenso mar de fondo.
Aunque me asusta un poco, a la vez también me encanta. Me recuerda a mi abuelo. Él fue quien me trajo aquí por primera vez, con su gesto protector, cariñoso, sonriente, siempre sonriente a mi mirada. Un gran abuelo-padre, como lo llamaba mi hermana. ¡Cuántos cangrejos huyendo de mi cubo mientras los perseguía de su mano! Y me decía:
—¡Mira, allí hay otros dos! ¡Corre, corre, cógelos!
Creo que no os he dicho dónde estoy. Es uno de los lugares más perfectos que existen: frente al mar, frente al mar Cantábrico, en la playa de Rodiles.
Esta playa es la más bonita de Asturias y del resto del mundo. Lo tiene todo: arena fina, conchas, lagunas, rocas, recovecos, belleza, luz, agua cristalina y una parte muy importante de mi vida. Está llena de recuerdos; mire donde mire los encuentro. Aquí siempre he sido feliz. De hecho, lo soy cada vez que regreso. Incluso cuando estoy físicamente lejos y pienso en este mar, sonrío.
Cada verano, miles de personas pisan su arena dorada y pasean sin parar de un extremo a otro, dejando que el agua del mar les llegue, como mucho, a los talones, por el frío, porque siempre lo está. Pero ahora, en abril, todo es diferente. Estoy solo. Todos están en la Villa.
Somos solo el mar y yo; bueno, y mi cámara de fotos. La llevo siempre conmigo. Me ayuda a revivir todas mis experiencias junto al mar que tanto me gusta.

No me importaría ser marino, pertenecer a una tripulación, navegar y navegar, ver el mar desde el amanecer hasta el anochecer, desde la salida del sol hasta la puesta, con esos colores rojos y amarillos que casi te dejan ciego si los miras directamente.
Pero vuelvo a la realidad y trato de fotografiar todo a mi alrededor: las algas, las gaviotas, las conchas, el agua... todo.
El mar es inmenso, no cabe en mi objetivo. Me pongo de pie, me alejo. Mejor. Veo casi todo.
Veo algo que brilla. No está muy lejos. La marea ha empezado su descenso; cada vez hay más arena a la vista y las olas son más débiles y lejanas.
Me acerco. No sé qué puede brillar tanto en la distancia. Intento acercarme. No llego. Ya no lo veo. ¿Qué sería? Algún secreto que guarda el mar. Porque, aunque la mayor parte de las personas lo desconocen, el mar guarda infinidad de secretos. Bajo sus aguas puedes encontrar miles de cosas interesantes.
El tiempo se me pasa increíblemente rápido cuando estoy en el mar. Sin darme cuenta, el sol había comenzado a desaparecer. De repente sentí miedo de que anocheciera y me perdiera en mi camino de vuelta a la Villa.
Me puse en camino. Olvidé de un golpe aquello que brillaba y aceleré el paso en dirección a casa. Llegué tarde. Estaba cansado, no tenía ni ganas de cenar, así que me lavé los dientes y me fui directamente a la cama.
Me quedé dormido enseguida, pero no paré de soñar. Volvió a mi mente aquel objeto brillante. Intentaba alcanzarlo con la mano y, cada vez que parecía que podría cogerlo, una ola del mar se lo volvía a llevar hacia adentro. En un último intento me caí al agua y, en ese momento, me desperté sobresaltado.
Me di cuenta de que estaba en casa. Me tranquilicé y sentí hambre. Entonces recordé mi visita al mar de la noche anterior y que no había cenado.
Me dirigí a la cocina, puse agua a hervir para hacer café y corté un poco de pan y queso. Entonces me acordé de mi reportaje fotográfico y, con mi desayuno en una bandeja, me coloqué en la pequeña mesa del salón donde me esperaba mi ordenador.
Descargué todas las imágenes que había captado el día anterior y, en una de ellas, lo vi. Allí estaba aquel objeto brillante. Amplié la imagen al máximo. Pensé que, a lo mejor, así podría averiguar de qué objeto se trataba.
Parecía un anillo. Era muy grande, ancho, dorado, quizá hecho de oro. En el centro se podía ver lo que parecía un escudo grabado, aunque no se distinguía ningún dibujo en concreto. ¡Qué pena! No podría iniciar una investigación en internet.
Pero... igual...
En ese momento recordé el centro de historia que había en la Villa, la Fundación Masaveu para la historia asturiana. Miré el reloj. Ya eran casi las diez. Seguro que estaba abierto.
Imprimí una copia, lo más aumentada posible. No se veía muy bien, pero era lo único que tenía, y me fui a toda prisa a la Fundación.
La señora que estaba en el mostrador de recepción era amable. Me preguntó si deseaba hacer la visita con la audioguía o por mi cuenta, y le expliqué que necesitaba ser atendido por algún experto al que poder enseñar la foto del anillo.
Se quedó sorprendida. Debió pensar que estaba loco. Me indicó que con la Fundación colaboraban muchos profesionales independientes: historiadores, periodistas y científicos, pero que no estaban allí.
Me ofreció subir a la segunda planta. Allí había una exposición permanente sobre el desembarco de Carlos V en el puerto de Tazones, a pocos kilómetros de la playa de Rodiles, compartiendo el mismo mar en el que vi mi anillo.
Me dirigí a la sala de la segunda planta tal y como me había indicado la amable recepcionista y allí pude verlo todo claro.
Aquel desembarco ocurrió el 19 de septiembre de 1517. No era el destino original del viaje del emperador, pero el mar, que se enfada sin motivo y sin aviso, hizo que la expedición tuviera que tomar tierra antes de lo previsto.
Las imágenes recreaban el momento. Allí, en una pequeña barca rodeado de su séquito, se podía ver a Carlos V y, en su mano derecha, en uno de sus dedos, lo vi. Llevaba un anillo. Era muy grande, ancho, dorado, quizá hecho de oro. En el centro se podía ver lo que parecía un escudo grabado.
Y en ese momento lo supe.
El mar guarda ese anillo en sus aguas gélidas y cristalinas, como tantos otros secretos maravillosos, y solo los revela a quien quiere permanecer largas horas en su compañía. Como yo, que lo siento parte de mí; que, cuando lo miro sentado desde la arena, es como si me hablara.
Yo estoy seguro de que esta historia es cierta, aunque no se la he contado a nadie.
Bueno... ahora a vosotros, que me leéis.
FIN
