Salgo de casa para ir a la compra y veo que me caen las lágrimas, no precisamente de emoción, sino por la falta de costumbre de sentir el sol en la cara y el aire fresco, aunque esté frenado por una mascarilla tan útil como agobiante. Saludo a un chico muy joven que está en la entrada del Mercadona y me sonríe con los ojos. Quizás sea la primera vez que trabaja.

 

 El dependiente que anda por la frutería, me dice con gran pesar que ya se acabo el brécol y eso que son solo las diez y media y se lamenta de que enseguida faltará mucha fruta. Le digo que no se preocupe y para no disgustarlo cojo una coliflor que es dos veces mi cabeza y que no necesito. La chica de la caja espera pacientemente a que vaya a coger algo que se  me olvidó, y le doy las gracias por la labor que están haciendo. Cuando salgo, le deseo al chico muy joven que tenga un buen día y vuelve a sonreírme con los ojos, como si no lo esperara entre tanta gente que entra y sale ligeramente desabrida con el mundo.

 

 En la calle me invade de nuevo una sensación de irrealidad; ahora vas a hacer la compra y es una aventura peligrosa y a la vez emocionante. El mundo al revés, todos iguales en la cautela, en el aplauso, en el consumo de televisión, en el uso desenfrenado del móvil. Unos gritan que se aburren por la ventana y otros están contentos de tener perro y terraza. Algunos mandan mensajes de esperanza:”saldremos de esta”, otros son más catastrofístas/ realistas (?) y auguran años de vacas anoréxicas.

Para algunos es momento para la nostalgia, para otros para la desesperanza y hay quien se atreve a la negación de lo negativo y dice que aprenderemos de esto.

Cada cual que atienda a su juego, como decía la canción infantil.

Yo solo se que tengo muchas ganas de ir a la Villa a dar un paseo por Rodiles, porque esta noche soñé que me bañaba en el mar.

Y a darle un abrazo a mi madre, claro.

 

Fotografías Rodiles y Villaviciosa. Archivo de Piliar Tuero