Colocó su lacia y negra melena, se irguió cuanto pudo dándose valor, levantó la barbilla y dando un suspiro abrió la cancela; permitió que Dido se le adelantara por el caminillo que conducía a la entrada principal; de pronto se paró , sus pelos se erizaron y comenzó a gruñir amenazadora; realmente imponía. ¿Qué ocurría?, ¿Qué peligro percibía? Teresa se aproximó a la perra e intentó tranquilizarla, después juntas y despacio se aproximaron a la puerta; la cerradura no estaba forzada, abrió y penetraron en la casa, un escalofrío involuntario le recorrió la espalda, tal vez por el frío o por los recuerdos que encerraba.

 

Dejó la pequeña maleta en la habitación que llamaban de invitados, no le apetecía acomodarse en su antiguo dormitorio, de allí solo sacaría lo que fuese solo suyo.

 

Se sentó en el borde de la cama y acarició al animal que seguía inquieto y no se le despegaba. ¿Qué percibía que a ella se le escapaba?.

 

Empezaría a recoger sus cosas enseguida, deseaba terminar cuanto antes, el martes como máximo debería incorporarse al trabajo y si podía el lunes, mejor que mejor, no quería perderse ningún descubrimiento interesante, si es que los había, en los últimos días hubo indicios de ello; pero más que nada, lo que deseaba era alejarse de allí para siempre.

 

Pensó un momento que iba a llevarse, desde luego sus libros, la vajilla y el juego de café de Lascadelas, la cristalería de Bohemia; eran regalos que sus compañeros y amigos le habían hecho; ¿Qué más?, ¡Ah! Las dos bandejas de plata de la abuela y desde luego el cuadro de Evaristo Valle que sus padres le habían cedido, por cierto, ¿Dónde está? Recorrió las paredes con la vista ¡Ni rastro! ¡Se lo había llevado! ¡Mala persona!. Sabía la estima en que yo lo tenía, pero también sabía su valor. ¿Cuándo? Una idea cruzó por su mente, corrió al dormitorio, la cama estaba desecha, había estado allí. Dido percibió su olor. Se le hizo  un nudo en el estómago.

 

¿Por qué se había casado? ¿Por qué?, Bueno... llevaban dos años de relación, había terminado la carrera, era el momento de formar una familia y ¡era tan guapo!. ¿Y él?, ¿cuáles fueron sus razones? Tal vez subir de categoría social, enseguida quedó claro que no fue por amor: ¡Qué piernas más feas tienes! ¡Qué mal cocinas! ¡Señoritinga no sabes hacer nada! ¿Arqueóloga? ¡Vaya bobada .... y aburrida, como tú claro! ¡Estás gorda! ¡Eres una nulidad! ¡Me das asco!.

 

Una lágrima se escapó de los ojos de Teresa, no era pena, era su amor propio que sangraba. ¿Cómo no se había dado cuenta?.

 

Dido la contemplaba con ojos lastimeros dándole a entender que comprendía su angustia.

 

Recordó aquella tarde en que una amigo de Andrés se la llevó como regalo; era un cachorro precioso, color canela, con el hocico, las orejas y la punta del rabo negros y unos ojos vivos e inteligentes que parecían comprenderlo todo. Fue el juguete de los dos durante un tiempo, pero a medida  que la perrita crecía y la relación entre ambos se deterioraba más y más, el animal fue decantando su amor hacia Teresa. Cuando aquella noche, él enfurecido le gritó, al tiempo que la abofeteaba ¡No te quiero! ¡Nunca te quise! ¡Me das asco! La humillación y el pánico la paralizaron, sentía sus golpes, incapaz de moverse; Dido si se movió, de un salto le agarró el hombro con los dientes. Andrés retrocedió sorprendido y asustado; la perra le soltó, pero plantada ante él, le demostraba quien era el más fuerte. ¡Ya no era un cachorro! ¡Era una fiera! – Retrocedió poco a poco hacia la puerta empujado por Dido.

 

Los vecinos habían avisado a la policía.

 

Declaraciones, denuncias, orden de alejamiento, todo muy desagradable; pero en la semana siguiente ¡Al fin! Se firmarían los papeles del divorcio. La nulidad vendría después.

 

El se quedaría con la casa y los muebles, ella solo con sus cosas más personales y con la perra. ¿Había salido ganando Andrés?

 

Teresa apretó su vientre ¡Nadie!, ¡Nadie!, hasta que todo estuviese firmado y cumplido debía saberlo. Aquel ser sería solo suyo, solo llevaría sus apellidos. También tenía a Dido, su fiel, muda e incondicional amiga.

 

Dido permaneció con Teresa hasta su muerte, extremando su celo protector, no permitía que nadie desconocido se le acercase.

 

Hoy años después, en el nuevo hogar de Teresa y de su hija Estela, y como si de un ángel de la guarda se tratara, cuelga un hermoso retrato de Dido.

 

 

 

Nieves del Campo Alvarez

 

EN LA FOTO IMAGEN REAL DE "DIDO"