Hablemos de la vida. Tina Villar entrevista a María Luisa Picado Abadesa de Clarisas Villaviciosa
Entrevista a María Luisa Picado Amandi, Madre Abadesa del Monasterio de la Purísima Concepción, Orden de Santa Clara, Villaviciosa, realizada por Tina Villar.
La memoria popular es un bien cultural que hay que preservar a toda costa. No solo conserva las huellas que dejaron en el camino quienes nos precedieron, también encontramos en ella las raíces de quienes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.
Esta serie de “memorias”, que llevan por título genérico “Hablemos de la vida”, nacen con la pretensión de ser un homenaje y un reconocimiento a esos hombres y mujeres que con su buen hacer, su tesón y un enorme esfuerzo, mantenido a lo largo de los años, han contribuido a que esta Villa y sus parroquias sean hoy un referente dentro de Asturias.
¿Sisa, nos darías datos biográficos?
Me llamo María Luisa Picado Amandi. Nací en Colombres, el 15 de abril de 1944. Cuando cumplí 18 años ingresé en el Monasterio de la Purísima Concepción de Villaviciosa. Aquí he permanecido todos estos años y aquí continuaré hasta que Dios quiera.
¿Conociste a tus abuelos?
Sí. De los abuelos paternos solo conocí a la abuela Dolores. Como vivía lejos del pueblo y las comunicaciones de entonces no eran las de ahora, apenas tuve relación con ella. Del abuelo solo sé que falleció cuando mi padre era pequeño.
Con quienes tuve mucha relación fue con los abuelos maternos. Mi madre era la menor de los ocho hijos que tuvieron el abuelo Manuel y la abuela Elvira. Cuando nací ya se habían mudado a Colombres desde la Casería que tenían a un par de kilómetros.
Aún guardo en mi memoria el sabor de la torta de maíz que hacía las veces de pan durante la posguerra. La abuela Elvira solía freírla, en lugar de cocerla en la chapa de la cocina, como era habitual. Así estaba más rica.
Del abuelo Manuel, que falleció primero, también tengo muy buen recuerdo.
Debo reconocer que tuve una infancia muy feliz. Me sentí muy querida, tanto en el ámbito familiar como en el parroquial.
Una anécdota simpática de mi primera infancia es la siguiente: Nací con una hernia de ombligo. Dado que el llanto iba en perjuicio de la lesión, por recomendación del doctor todos extremaban los cuidados para evitar que llorara. Pronto aprendí a sacar provecho de la situación y me volví una niña caprichosa que cogía rabietas al menor contratiempo.
Mi buena suerte terminó cuando el doctor fue informado de que me había vuelto malcriada y una nueva revisión dio como resultado que podían dejarme llorar cuanto quisiera. Así fue como me convertí en el terror de las pobres vecinas, que se quejaban a mi madre de que mis constantes berrinches les arruinaban el día.
Háblanos de tus padres
Mi padre se llamaba Jesús Picado y trabajaba como operador en la compañía “Ferrocarriles del Cantábrico”.
Hubo un tren que recorría el centenar de kilómetros que median entre Llanes y Santander.
Este trayecto, que tuvo una enorme trascendencia para la zona, fue efectuado desde que se inauguró el año 47, hasta el 72, que pasó a ser administrado por FEVE.
También fue la razón de que mis padres vivieran en Torrelavega antes de que yo naciera.
Mi padre era un hombre trabajador, que amaba su trabajo y estaba muy contento con la empresa. Ferrocarriles del Cantábrico tenía colegios propios para los hijos de los trabajadores. También poseían cooperativas y mi madre de cuando en cuando iba a hacer sus compras a la cooperativa de Cabezón de la Sal. Mi hermano y yo podríamos haber ido al colegio de Santander, pero mis padres nos querían cerca de ellos.
Por razón del trabajo de mi padre, mi hermano y yo tuvimos una especial vinculación con el tren. Le pedíamos que nos llevara a Llanes, a San Vicente de la Barquera y lugares así. Y él nos llevaba.
Desde la habitación de mis padres se veía el tren a lo lejos. Sabíamos que mi padre no volvía hasta que pasara el último tren. Cuando llegaba le acribillábamos a preguntas y él nos contaba cómo había sido su día.
Mi madre se llamaba Marina. Fue una mujer adelantada a su tiempo que trabajaba para un hotel como modista. Cosía la ropa de cama, las cortinas, etc. También restauraba piezas del mobiliario del hotel como sofás y butacas. Además, llevaba la comida a casa, ya preparada.
Tengo una anécdota que dará buena cuenta de su carácter y del fondo real que tenía mi madre. Es la siguiente:
En Colombres hay una casa que le llamamos La Casa Roja. Ahora es famosa porque ahí rodaron una serie de televisión que lleva por título La Señora. Siempre me sentí vinculada a esa casa porque era la casa de veraneo de una familia de Madrid que pertenecía a la nobleza. Cuando estaba habitada, durante el verano, mis amigas y yo andábamos siempre asomando las naricitas a la verja del jardín donde veíamos jugar a los cuatro niños de esa familia. Ellos tenían triciclos, bicicletas, muñecas.
Después de comer la señorita de compañía llevaba a los niños a la playa y el jardín quedaba sin vigilancia. Era el momento en que saltábamos la verja para jugar con aquellos juguetes tan fantásticos.
Tal era nuestra insistencia que un día entablamos conversación con las niñas, que eran dos: María Teresa y Cristina. Y a otra amiguita y a mí nos invitaron a ser sus amigas del pueblo. Yo no entendía por qué cada vez que íbamos a jugar con estas niñas mi madre me vestía de punta en blanco con el vestido de los domingos y los zapatos abrillantados.
Un día la pequeña de las niñas, Cristinita, me preguntó si mi padre era rico. Naturalmente yo no tenía la menor idea. Pero acordamos que lo preguntaría en casa y le daría una respuesta.
Mi madre se sorprendió de la pregunta hasta que le dije que era Cristinita quien tenía esa curiosidad. Se quedó pensando un rato y dijo: Le dices que sí, que es muy muy rico. Y ante mi cara de sorpresa me explicó lo siguiente: Sisa, tú padre es rico porque tú eres hija de Dios que posee absolutamente todo cuanto existe. Les dices a esas niñas que tu papá es el más rico y no tiene nada que envidiar a ninguno de los ricos de este mundo.
Yo volví con la información que mi madre me había dado y cuando le dije a Cristinita que mi padre era el más rico de todos los padres porque yo era hija de Dios, la niña salió corriendo en dirección a su señorita de compañía y a voz en grito decía: que Sisa es hija de Dios. Y la señorita, que no recuerdo su nombre, le dijo, claro, Cristina, tú también.
Y todos quedamos contentos gracias a la pericia de mi madre.
La situación económica en mi casa fue holgada durante el tiempo en que ambos eran empleados por cuenta ajena, pero mi padre quiso volver a Colombres. Usó como excusa que había que acompañar a los abuelos que se hacían mayores y se iban quedando solos, pero lo cierto es que extrañaba la tierrina.
¿Tienes hermanos?
Sí, yo soy la cuarta de cinco, que llegamos de manera poco ordenada. La tercera falleció. Y entre las dos hermanas mayores, Josefina y Pilar, y los dos pequeños, que somos mi hermano José Manuel y yo, había una diferencia de 13 y 14 años respectivamente. Cuando nacimos los pequeños, las mayores ya habían alcanzado esa edad en que solo se piensa en estar guapas y encontrar novio.
Siempre le tuve un cariño especial a mi hermano, que por ser el único varón era el rey de la casa. Contrariamente a lo que suele suceder, nunca tuve celos de él. Aun siendo él menor que yo, era él quien me protegía a mí y no a la inversa. De hecho, cuando se vino a estudiar al colegio San Francisco le echaba tanto de menos que cada poco venía a la Villa solo por verlo.
Qué recuerdas de tu época escolar?
Por ejemplo, que a causa de mis sabañones, la maestra, compadecida, me sentaba a su lado. Esto provocaba la envidia de mis compañeras, que injustamente me tildaban de “enchufada”.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas porque fui una alumna parlanchina y en ocasiones bastante diablillo. Recuerdo que un día la maestra me deshizo las coletas de un tortazo por haber sido deslenguada e intentar socavar su autoridad.
Asistí a la escuela pública en Colombres hasta los catorce años. El Bachiller lo estudie en el colegio San Felipe Neri de Unquera, donde pude estudiar música, que siempre fue la mayor de mis pasiones. Hasta ese momento había tenido que conformarme con las clases de solfeo que me daba mi madre. Pero claro, en casa no teníamos piano.
Otra anécdota. Cuando tenía 14 años, Telefónica convocó un concurso oposición para cubrir una plaza de telefonista y telegrafista en el pueblo. Por sugerencia de mis padres, que era quienes estaban interesados, estudié el temario, hice el examen y aprobé. Y durante un tiempo tuve asignada la plaza, que por puesto atendía mi madre porque yo estaba en la escuela.
Sisa, año 56
¿Cómo calificarías la educación que recibiste?
Las personas somos hijas de nuestro tiempo. Nací en plena posguerra y me eduqué en una familia cristiana. En mi casa se tenían en alta estima los mandamientos y la ley de Dios y debo decir que crecí en un ambiente donde fui una niña feliz. Me conduje dentro de una moral sana y con gran respeto hacia los demás.
Mi casa estaba a pocos metros de la iglesia y yo pasaba el día jugando en la plaza que hay delante. Fui formándome en el Catolicismo a través de la catequesis en la escuela y mediante retiros, reuniones y convivencias en la parroquia. Tuve mucha vida parroquial.
Asimilé y vi a La Iglesia Católica de una manera fantástica. Para mí siempre fue una madre que me protegió. Y así ha sido toda mi vida.
Tuve muy buena relación con los tres párrocos que conocí. Dado que de niña siempre andaba por allí jugando, ellos solían enviarme a hacer recados.
De mi niñez recuerdo a Don Francisco y a Don Anselmo. Ya en la adolescencia tuve relación con Don Abel, que estuvo muy poco tiempo en el pueblo. Fue al pobre don Abel a quien atribulé con mis dudas acerca de mi vocación. Y debo alabar su paciencia y su honradez porque nunca intentó influir en mi decisión.
Cuando cumplí dieciocho años vine a La Villa para ingresar en el Monasterio de Las Clarisas. Era el año 62.
¿Cómo surgió la idea de ser monja?
Yo venía de cuando en cuando a visitar a mi hermana Josefina, que ya estaba casada y vivía aquí, en Villaviciosa. Como es natural le ayudaba con las tareas domésticas y llevaba a mis sobrinos de paseo al parque.
En el parque conocí a una joven, Ángeles. Era la cuidadora de Pedro Álvarez y sus hermanos, cuando eran pequeños. Todo el mundo en la Villa conoce a Pedro porque es el dueño de la tienda de ropa que había en el número 4 de la calle Balbín Busto, hasta que se jubiló hace no tanto.
Ángeles y yo conectamos enseguida y nos hicimos amigas. Solíamos ir juntas al cine. En una ocasión me dijo: María Luisa, ¿por qué no vienes conmigo? Hoy voy al Monasterio de Las Clarisas.
Yo ignorante, respondí: a qué vas ahí, si son de Clausura y no se las puede ver?
¿Cómo qué no? – dijo Ángeles. Yo suelo ir a visitarlas y a charlar con ellas. De hecho tengo intención de ser monja – confesó ella.
Así fue como contacté por primera vez con las hermanas que en ese momento vivían en este Monasterio.

En la medida en que las visitas se fueron sucediendo, se fue borrando de mi mente la idea preconcebida que tenía acerca de las monjas.
Eran muy cordiales. Se interesaban por mi vida, por mis deseos, mis habilidades y me permitían acceder a su biblioteca.
Empecé a venir a verlas cada vez que visitaba a mi hermana y poco a poco se fue forjando entre nosotras una buena amistad.
Qué duda cabe que a mis quince años mi intención no era la de ser monja. A pesar del disfrute que me procuraban tanto las visitas a mi hermana como el tiempo que pasaba en el Monasterio, mis pensamientos estaban en Colombres, con mi pandilla de amigas y con Fernando.
Vamos a abrir un paréntesis para hablar de Fernando. Fuimos compañeros de colegio desde niños. Siempre se me escapa una sonrisa cuando recuerdo que teníamos seis años cuando me hizo la proposición de noviazgo. Yo le dije que aceptaba solo en caso de que me pagara el cine. Como él aceptó, me convertí en su novia por pura conveniencia.
El tiempo fue pasando y continuamos relacionándonos de aquella manera inocente y respetuosa en que nos relacionábamos los jóvenes en los años sesenta.
Cuando tenía dieciséis años habló conmigo muy en serio acerca de formalizar aquella relación que habíamos empezado de niños. Entonces le conté mis planes, que él ya lo sabía porque se lo había “chivado” mi hermano.
Continuando con mi decisión de ser monja:
Un día que estaba de visita en el Monasterio pregunté a la hermana que hacía de formadora de las novicias cómo se sabía si una tenía vocación.
No es fácil – respondió. Hay que rezarle a Jesús para que nos aporte luz, para que sepamos discernir si de verdad la tenemos.
Debo decir que esta es, sin duda, una recomendación que vale su peso en oro. Dios conduce nuestras vidas si le damos ocasión. Cada ser humano debería preguntarle cuál es su misión en la vida. Qué hacer con ella.
Empecé a llevar a cabo la sugerencia de la hermana. De hecho, pasé una novena a la Inmaculada pidiéndole a la Virgen que me diera señales. También fui poniendo mi vida a tono con lo que iba sintiendo dentro de mí.
Tenía largas conversaciones con Jesús. Le expresaba que mi ilusión era ser una buena esposa y una buena madre y hacer felices a mi marido y a mis hijos, pero siempre terminaba la charla diciéndole: Si tú quieres otra cosa de mí, dímelo con claridad de modo que yo lo entienda.
Fui pasando revisión a mi vida. Hasta ese momento solía levantarme tan tranquila, sin sentido de responsabilidad alguno y no ponía el pie en casa. Que si una excursión aquí un paseo allá. Mi vida social era intensa.
Cuando dije que quería ser monja, yo, que paraba en casa sólo para dormir, mi madre dijo que no había oído en su vida mayor disparate.
Para demostrarle la veracidad de mi intención empecé a levantarme a las ocho de la mañana e ir a misa todos los días. Leía a diario lecturas cristianas y oraba. En definitiva, hice todo aquello que venía a cuento con el camino que pretendía tomar.
Por supuesto esto no impidió que continuara disfrutando de ir al cine o a la playa. No dejé de pasarlo bien.
A pesar de que mis padres consideraron que era un capricho pasajero informaron al párroco.
Estad tranquilos – les dijo. El tiempo lo dirá.
A raíz de la charla con el cura, mis padres me pidieron que dejara pasar dos años. Que esperara a cumplir los dieciocho para tomar la decisión. Supongo que pretendían ver si se trataba de una chiquillada.
Por supuesto informé a Fernando. Cuando le dije que tenía la intención de ser monja reaccionó de manera similar a mis padres. Se rio de mí. Pero a mí no me importó.
Sisa, año 62
Contado así, a modo de relato, parece algo lineal. Ni mucho menos. Durante esos dos años viajé por un mar de dudas. Un día tenía claro que quería ser monja y al siguiente no tanto. Por fortuna tenía confianza con el párroco. Al pobre lo acribillaba con mis dudas. Él me escuchaba con paciencia y me decía que me diera tiempo y que no fuera severa conmigo misma.
Lo cierto es que lo pasaba en grande en el cine. Me reía tanto montando en bicicleta o yendo de excursión. Pero llegó un momento en que sentí con toda claridad que mi lugar estaba aquí, en Villaviciosa, en este Monasterio.

Sor Celina y Sisa, año 62
Estar aquí en este Monasterio ha supuesto una enorme satisfacción. He disfrutado formando a las jóvenes novicias, estudiando música, leyendo y componiendo poesía.
Estoy encantada de oírles decir que a pesar de mis años aún cuentan conmigo para aquellas tareas en que puedo ser útil.
El alma no tiene edad – les explico.

La congregación en el mirador del Fitu
¿Estudiaste música ya siendo monja?
Yo ya vine con la música metida en el alma y en el corazón. Empecé a estudiar música de niña en mi casa. Tenía tantas ganas de estudiar música que mi madre, que sabía tocar el piano y cantaba muy bien, me dijo: Sisa, no tenemos dinero para enviarte a estudiar música a ninguna parte. Yo te voy a dar clases de solfeo, no creas que vas a empezar a tocar el piano sin tener una buena base.
Cuando empecé a estudiar la Secundaria en un colegio de Unquera y entre las asignaturas figuraba la de música. Allí estudie durante todos esos años con una excelente profesora, una religiosa que se llamaba Clotilde de la Plaza.
Cuando ingresé en el Monasterio ya sabía tocar piezas a un nivel fácil. En la casa yo tocaba el piano porque ya había organista y ella era la encargada.
Un día la madre abadesa me dijo: Sisa, necesitamos preparar una organista, porque eso lleva su tiempo, quieres seguir estudiando música? Recuerdo que le respondí, seguir, no. Quiero empezar.
Así fue como empecé a ir al conservatorio, porque los estudios que yo tenía no eran oficiales. No obstante me sirvieron de mucho como base, al punto que en el conservatorio cuando empecé hice dos años en uno.
Tuve excelentes profesores y me hace ilusión que figuren aquí, no solo porque son grandes maestros y queridos para mí, sino porque son grandes profesionales de la música y me une a ellos una gran amistad.
Quiero nombrar a Luisa Cambiella. A Purita de la Riva, que es una concertista de piano muy conocida en Asturias. A Vázquez del Fresno. A Leoncio Diéguez, con quien estudié armonía y composición. Y a Pablo Ortega.
Para ir al conservatorio al principio tomaba el Alsa un par de veces por semana, dependiendo de las asignaturas, pero después conocí a una familia cuyos hijos también estudiaban en el conservatorio y fueron tan amables de invitarme a ir con ellos. Fueron realmente atentos.
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¿Alguna vez tuviste dudas?
Dios fue muy bueno conmigo. Le pedí una señal. Y me la dio. Despejando así todas mis dudas.
Hacía cinco años que no veía a mi hermana Josefina. La petición que yo le hice a Dios fue la siguiente: Si es verdad que soy algo para ti, mañana a esta misma hora, tráeme a mi hermana para que podamos vernos.
Y a la hora exacta que le pedí, me llaman y me dicen: baja al recibidor que está ahí tu hermana Josefina.
Quedé tranquila para siempre. Entendí que me decía, borra toda sombra de duda.
¿Es la madre abadesa independiente y única autoridad?
Hay una madre Presidenta que preside nuestras reuniones, asambleas, concilios, ejercicios. Lo que tengamos. Pero en el Monasterio, la máxima autoridad es la madre abadesa. La madre presidenta no tiene autoridad jurídica sobre nosotros. Es una hermana que nos aconseja, que nos puede orientar. Está ahí para coordinar la provincia, pero dentro del Monasterio la que tiene la autoridad es la madre abadesa; que no está sola, tiene un consejo elegido por todas las hermanas.
¿Cuantas hermanas viven hoy en este Monasterio?
Ahora solo vivimos aquí cinco hermanas. Por orden de edad la mayor soy yo, que tengo 81 años. Sor María Pilar, tiene 78. Y se abre un abismo, porque Sor Maribel tiene 46 y por último están Sor Ángeles y Sor Andrea, ambas con 43.
Estas tres más jóvenes son quienes cargan sobre sus hombros la mayoría de las tereas del día a día, que no son pocas, porque las más mayores no podemos por razón de edad.
Hasta el año pasado éramos ocho, pero perdimos a Sor María, que llegó a cumplir 99 años y a Sor Silvia, que se nos fue al cielo en la flor de la vida porque sólo contaba 49 años cuando perdió la batalla contra el cáncer después de años de dura lucha. También se fue Sor Romina.
¿Cómo se sufraga el Monasterio?
Hace muchos años los Monasterios tenían capacidad para autofinanciarse, pero los tiempos han cambiado y las fuentes de ingresos se han ido reduciendo.
En este momento dos de nosotras cobramos la pensión mínima de jubilación, pero el tratamiento fiscal de los conventos cae bajo el epígrafe de autónomos y hay que pagar el seguro de las jóvenes. Si a esto le añadimos los gastos corrientes, vamos apuradas.
Cuando era costumbre aportar dote teníamos encargos de bordado. Muchas mujeres llevaban un precioso ajuar repleto de sabanas, mantelerías y toallas bordadas o con puntillas, pero ya no bordamos.
También dejó de ser rentable el trabajo de encuadernación y cerramos el taller. En este caso el responsable fue Internet.
Nuestra fuente de ingresos es la repostería. En cualquier caso somos Clarisas. Santa Clara no quiso tener propiedades por razón del voto de pobreza, pero como es lógico hay que comer y pagar las facturas de lo indispensable. Es ahí donde viene bien la ayuda.
La iglesia de este monasterio, por ejemplo, tiene techos altísimos y es especialmente fría en otoño e invierno. Hemos tenido que instalar calefacción en una pequeña área donde pasamos las horas rezando.
¿Cómo es vuestro día a día?
No solo nos dedicamos a la oración y a atender los ritos propios de la orden.
Hay que atender la cocina, la lavandería y elaborar dulces artesanales.
Quien crea que vivimos ociosas y descuidadas y que sólo nos dedicamos a la vida contemplativa y a cultivar el huerto, como han popularizado las películas, está en un error.
Este Monasterio es un constante trajín. No tenemos ni un momento libre. Además, son muchas las personas que por distintas razones tocan diariamente ese timbre. Algunas nos traen viandas. Otras vienen a ayudar. Y otras, cada día con más frecuencia, vienen a pedir.
Aún vienen algunas personas con ropa de calidad que se ha estropeado pidiendo algún trabajo de costura que disimule el problema, pero ya no podemos ofrecer ese servicio. Las mayores no podemos. Yo apenas veo. Y las más jóvenes no saben coser.
¿Por qué es útil orar?
Viviendo en una sociedad secularizada y embotada por distracciones que nos han llevado al consumo sin control, puede que resulte extraño hablar de la utilidad de la oración. Sin embargo la tiene y mucha.
El rezo no es algo inútil, como mucha gente piensa. La oración produce una radiación de brazos muy largos que se extiende mucho más allá del punto de partida.
Como una piedra arrojada a un estanque, los estados mentales elevados afectan a quienes están alrededor, del mismo modo que una persona iracunda cambia automáticamente el ambiente del lugar al que llega.
¿Por qué nos sentimos hoy tan perdidos?
El sentido de transcendencia es inherente al ser humano y son muchos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia han hallado el conocimiento pleno de Dios mediante el estudio y la práctica de las enseñanzas contenidas en La Biblia.
Dios tiene un proyecto para cada persona. Cada uno de nosotros deberíamos tomarnos el trabajo de encontrar el nuestro, que siempre está relacionado con aquellas cosas que al hacerlas, además de ser beneficiosas para todo el mundo, también nos producen bienestar y felicidad.
Hay que pedir a Dios que nos guíe. Dios siempre responde.
Hoy hay mucha confusión. Al perder el contacto con lo trascendente, con la voz interior, nos hemos quedamos huérfanos. Esto crea una sensación de vació que intentamos llenar con adiciones de todo tipo.
Esta vida atolondrada de los jóvenes de hoy, por ejemplo, repleta de sustancias para evadir el malestar, viene de haber perdido la conexión con Dios. No digo que uno no deba divertirse y pasarlo bien, pero dentro de un orden. Hoy la oferta de distracciones va en aumento y el hábito de la introspección se está perdiendo
¿Quiénes vienen a solicitar consejo?
Principalmente vienen ancianos a contarnos sus problemas. Hay mucha gente que necesita que la escuchen. La población va envejeciendo y hay personas que se sienten muy solas.
Algunos, no tan mayores, vienen porque necesitan desahogarse, porque sufren problemas en el seno de la familia o en la relación de pareja, etc. En definitiva necesitan una palabra de aliento.
¿Qué le dirías a aquellos que dicen: creo en Dios, pero no en La Iglesia?
Para mí La Iglesia Católica es mi madre y me siento feliz y libre.
Decía Jesús: vosotros estáis en el mundo, pero no sois del mundo. La Iglesia defiende y conserva la doctrina de Jesús y la ofrece a quien sea capaz de seguirla. No obliga, ni impone. De hecho, nadie ha sido más misericordioso que Jesús con las miserias humanas.
Por otro lado, hay que dejar claro el concepto de Iglesia. La Iglesia no es solo El Vaticano y su jerarquía, en realidad está formada por los fieles, por todos aquellos que creemos en Jesuscristo y practicamos su doctrina. Por definición es una institución divina. Jesús dijo: Sobre ti, Pedro, edificaré mi iglesia.
¿Por qué no somos conscientes de que somos hijos de Dios?
Se debe a la distancia que hay entre lo humano y lo divino. Somos una gotita del amor de Dios, pero no somos Dios, somos solo seres humanos limitados. Aún tenemos una vinculación con la parte animal que nos nubla el entendimiento. Por eso La labor de La Iglesia es tan necesaria.
Por desgracia la sociedad está cada vez menos espiritualizada y los seres humanos están olvidando que a Dios le deben su existencia.
Los seres humanos tenemos libre albedrío, pero la libertad no se trata de que todo esté permitido y que todo esté bien. La felicidad no viene nunca de fuera. Está dentro de uno. Es el resultado de vivir en conexión con Dios.
¿Qué pueden hacer las parroquias en este sentido?
El ser humano no es solo un cuerpo, es también un alma. En las parroquias hay un sacerdote con el conocimiento necesario y las herramientas para guiarnos e incentivar nuestra vida espiritual.
En su día los monasterios fueron centros de cultura. Eran escuelas de oración.
El rito de la misa es tremendamente importante porque nos enseña La Palabra de Dios.
¿Responde La Iglesia a todas las necesidades de sus feligreses?
Sin duda alguna. La labor de la Iglesia se hace de manera callada y por eso no se conoce.
Por ejemplo, Caritas hace una labor inmensa y a veces desconocida en favor de quienes necesitan ayuda. Y no sólo Caritas, hay congregaciones e Institutos no contemplativos, sino de vida activa, que nacieron precisamente como respuesta a las necesidades de los más desfavorecidos.
Si la Iglesia paralizara su actividad benéfica sería un caos.
Seríamos muy injustos si olvidamos el enorme trabajo de la iglesia misionera.
¿Está la Fe bajo mínimos?
Es cierto que está bajo mínimos. Por razón del embotamiento en que vivimos, con la mente llena de ruido inútil, la voz interior pasa completamente desapercibida.
¿Cómo lidiar con tanta crispación como hay en el mundo?
La paz viene de estar en paz con uno mismo, con nuestra conciencia. No podemos esperar a que a nuestro alrededor esté todo en orden para sentirnos bien. Tenemos que saber crearlo dentro de nosotros mismos para poder llevarlo a los demás de modo que donde haya odio pongamos amor. Donde haya tristeza, alegría. Y donde haya guerra, poner paz.
Aquellos que dedicamos todos los días un tiempo al rezo a sentir la presencia de Dios, sabemos que teniendo paz interior es la única manera de llevarla a los demás.
¿Por qué crees que muchas personas buscan respuestas en la ciencia o en las filosofías orientales?
Yo fui educada y formada en la Fe católica y para mí la verdad se encuentra y está contenida en la Biblia y en las enseñanzas de Jesús. No puedo hablar de lo que no sé
¿Cómo afectó a las congregaciones religiosas los cambios que trajo el Concilio Vaticano II?
A mi juicio nos afectó positivamente. Nos hizo más humanos. Yo tuve mucha suerte porque nunca me pintaron a Dios como un juez. Me siento una gotita de él y lo veo como un ser que me ama.
Mi madre me hablada de Dios como un ser bondadoso siempre pendiente de que tengamos lo mejor. Y los sacerdotes que fui conociendo a lo largo de mi infancia y adolescencia tuvieron conmigo una relación de cariño.
Es muy importante la información que recibes de pequeño en este sentido porque va a marcar tus ideas y comportamiento en la vida adulta.
¿Qué es el pecado?
Pecar es hacer algo incorrecto a sabiendas de que lo es. No es algo subjetivo abierto a interpretaciones. Tenemos la Biblia y los Mandamientos.
Dios no le va a pedir cuentas a la persona que no tuvo ocasión de recibir formación, pero sí le va a pedir examen de conciencia. El corazón del ser humano sabe.

¿Son la religión y la ciencia antagonistas?
Yo no veo oposición. Veo más bien que cada uno se ocupa de sus cosas. Muchas veces la ciencia intenta explicar la naturaleza del ser humano, su quinta esencia y ahí se tropiezan con la religión porque los unos quieren demostrar lo que los otros dicen que es indemostrable.
¿Qué opinas del dicho: vale más manos que obran a labios que oran?
El ser humano dice lo que piensa, pero a veces piensa lo que dice. Ambos cumplen su función. Si antes de actuar oráramos, otro gallo cantaría. La correcta solución a los problemas viene de los momentos de recogimiento y oración. Cuando la mente calla y se entrega, Dios nos habla y nos guía.
¿Realmente la confesión tiene del poder de borrar los actos pecaminosos?
Por supuesto que sí. En ese momento el sacerdote tiene el poder de interferir ante Dios. Yo no me estoy confesando ante un hombre. Él en su casa puede ser lo que quiera, pero en ese momento representar el perdón de Dios por el poder que le ha sido conferido.
Un verso para cerrar la entrevista
Uno corto de Santa Teresa.
"Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta".