En homenaje a Eduardo y Ezequiel
María Barredo Amieva: "Cuando baje la marea"
En la curva donde no existe la avaricia, donde un coche, un ordenador de última generación o una marca de ropa son tan solo complementos, complementos de vidas vacías. Allí donde el dinero no da la felicidad, donde la carencia de lujo origina de todo menos preocupaciones y donde lo único que se colecciona son puestas de Sol, vivían los dos.
Los recordaré con las mejillas doradas, el cabello cano y las puertas del alma y la casa, siempre abiertas.
Recordaré sus pantalones, ligeramente remangados “por si sube la marea” decían, dime cuántas has visto ir y venir, quizá tantas como años tienes a tus espaldas, tantas como amigos que al final de la jornada laboral pican a tu puerta en busca de conversación, de paz.
¿Has sido feliz? No me contestes, llevas la mirada de la plenitud grabada en tus ojos, esa que todos ansiamos portar al final de la vida, esa que a pocos he visto alcanzar.
En medio de mi juventud, de mis ansias de vivir con rapidez, si en algún momento he deseado detener el tiempo ha sido en la playa que lleva tu nombre, tumbada en la arena escuchando tus remos en la lejanía hundiéndose una y otra vez en el agua cristalina. Si fueras una canción, sin lugar a dudas tendrías esa melodía.
Allí donde el caminar es suave y donde la prisa pierde su significado, siento que cada tarde ha originado en mí una gran deuda, deuda de principios y valores que me acompañarán toda la vida y que sé que nunca podré compensaros.
Me llevo recuerdos de detalles tallados en madera, historias de pájaros anidando en el frío invierno, “canobinas”, trueles, redes y un desván en el que he encontrado de todo excepto el no por respuesta.
Llegará el día en el que no veremos vuestra atenta mirada tras los viejos prismáticos en las ventanas de la galería, en el que nadie descienda las escaleras con paso decidido hacia la Ría y en el que esas manos de palmas tatuadas con nudos marineros no descansen bajo el árbol en las tardes calurosas de verano.
Y cuando ese día llegue,seguirá recorriendo el tronco su savia, seguirán germinando las semillas en el huerto y otros niños que no llevan mi nombre recorreran vuestra playa llenos de vida.
Pero debeis saber, amigos Bonhome, que hay gente que deja huellas tan profundas en este mundo, que ni la marea puede borrar.
María Barredo Amieva
15 de Mayo de 2013