El invierno tiene mala prensa y cada vez que amenazan con fríos polares la gente se echa a temblar. Todo se vuelve más gris con las ciclogénesis, pero también más intenso.

 

 Ir a Moriyón a ver desde una prudente distancia Rodiles y la ría no tiene precio. Acercarse al mirador de aves a ver la nueva familia de patos mudos tampoco. Es época de inundar la casa de olores a guiso o a manzanas asadas.

 

 No nos importa llegar del trabajo y comer como cosacos porque las calorías no cuentan en invierno, cuenta estar cómodo. El invierno aletarga y nos hace más comodones; no apetece salir con lluvia intensa o con heladas matinales, pero bien abrigados y bufanda en ristre, la naturaleza nos ofrece su cara más tranquila.

 

Hibernamos porque parece que no hay color fuera, pero observando bien, las mimosas empiezan a estar muy amarillas y dentro de cuatro días la tierra despertará con su mejor cara. Mientra tanto imaginamos que tras una ventana iluminada hay gente charlando sin prisa mientras habla con amigos o toma caldos en un bar.

 

Y la casa se convierte en un refugio y si en la mesita tenemos un buen libro y una manta cálida o encendemos una vela con olor a eucalipto, las cosas tienen un sabor distinto, el sabor del frío.

 

Feliz febrero.

 

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